Han sido sesenta y dos años que paso a paso han dejado a Cuba más pobre, desigual y represiva que cuando el núcleo conspirador en torno a Fidel, Raúl y Che Guevara la secuestraron.

Las dictaduras anteriores fueron políticas. Esta abarca todas las esferas de la sociedad. Antes producíamos el 72% de lo que consumíamos; hoy importamos el 80%. La zafra de 2021 equivale a la de 1894. Solo el 13% de las familias tiene agua corriente a todas horas toda la semana. Hay un déficit de un millón de viviendas.

El socialismo destruyó la maquinaria económica anterior y la reemplazó con el atraso y la miseria. Según datos oficiales: en 1954 Cuba poseía una vaca por cada habitante, y ocupaba el tercer puesto en Iberoamérica (tras Argentina y Uruguay) en el consumo de carne per cápita. Era el segundo país de Iberoamérica con menor mortalidad infantil y el segundo con más bajo índice de analfabetismo. En 1957 la ONU reconoció a Cuba también como el mejor país de Iberoamérica en número de médicos per cápita; con mayor porcentaje de viviendas electrificadas y con baños propios; y el segundo país (tras Uruguay) en consumo calórico per cápita diario. Cuba era en 1958 el país que más electrodomésticos tenía. El país con más kilómetros de líneas férreas por Km cuadrado, y con el mayor número de receptores de radio. A pesar de su pequeño tamaño, con 6,5 millones de habitantes, en 1958 Cuba ocupaba la posición 29 entre las mayores economías del mundo.

En Cuba no manda el PCC

En Cuba no manda hoy el PCC, como establece el totalitario artículo 5 de la Constitución vigente, sino una reducida mafia de familias que quizás no lleguen al 0.01% de la población. El PCC, el Consejo de Estado, el presidente, primer ministro y la Asamblea Nacional existen para obedecer y ejecutar, no para decidir. El nombramiento de Miguel Díaz Canel al frente del PCC –que ya había demostrado ser un inútil pelele como presidente del país– subraya que esa institución, al igual que las otras ya mencionadas, carece de importancia. El congreso es paisaje. Tres jornadas de circo sin pan, como entretenimiento para ilusos nacionales y extranjeros.

Cuba no es un país socialista o comunista porque la casta que lo controla se ha desentendido del bienestar nacional –trabajo pleno, salarios capaces de adquirir la canasta familiar básica, atención médica, oferta de alimentos y medicinas, educación, y una seguridad social suficiente para la vejez. Del comunismo solo se ha preservado la represión totalitaria.

Las empresas que reportan ganancias están secuestradas por el monopolio mafioso GAESA, que nadie controla ni audita. A GAESA no le interesa invertir en la agricultura porque le resulta más fácil, y su margen de ganancia es mayor, si importa alimentos y los vende al 400% de su costo. Importar y vender a sobreprecio en dólares es más rentable y menos engorroso que invertir en esa área del desarrollo nacional.

El nuevo estado mafioso

El sistema vigente en Cuba es el de un estado mafioso, no el de un régimen comunista. Es un concepto de las ciencias sociales contemporáneas aplicable a Cuba y Venezuela.

En estos dos países, al igual que en algunos postcomunistas, grupos mafiosos han secuestrado las principales instituciones –las fuerzas armadas y las encargadas de las relaciones políticas, financieras y comerciales internacionales– para beneficio propio. Han suprimido el estado de derecho y las elecciones libres. Han creado alianzas con actores estatales y no estatales como Rusia, Corea del Norte, China, Irán, Hezbollah, FARC y el ELN para desarrollar actividades criminales, terroristas y desestabilizadoras en otros países.

El totalitarismo es ante todo para esos grupos mafiosos una herramienta de control político interno que en ocasiones han heredado del comunismo. Del mismo modo, el modelo de capitalismo de estado militar y corrupto que practican sus empresas no debe confundirse con el respeto a las prácticas de libre mercado.

La mafia derrocó silenciosamente, durante la última década, al régimen socialista en Cuba. Nadie se percató a tiempo de esa realidad ni luchó contra esa subversión “por todos los medios” como establece el artículo 4 de la constitución.

Raúl, el enterrador del reformismo

Antes de este Congreso, no faltaron analistas que se aferraron a la idea de que el desastre nacional era tan evidente que algunas concesiones reformistas serían decididas en ese cónclave. Pero estos congresos son escenografía vacía. Lo que se “anunciaría” en el Congreso ya habría sido decidido antes por la mafia: “Continuidad y unidad” por boca de Raúl Castro.

La población esperaba ansiosa que al menos un comunista levantara su voz y exigiera soluciones claras e inmediatas para revertir la hambruna, la falta de medicinas, la escasez de agua o los edificios que se derrumban. Pero la elite mafiosa de poder discutió otras prioridades, las suyas: como mantenerse en el poder con mayor censura y represión.

Antes de morir, el general decidió ser el enterrador oficial del reformismo. Y para asegurar que se cumpliese su voluntad después de fallecido, puso al frente de las FAR a su hijo adoptivo López Miera, dispuesto a impartir órdenes criminales.

Ya no buscan al enemigo oteando el mar, sino en las colas y las calles. Esta es una guerra contra el pueblo. El enemigo no son ahora los marines sino madres desesperadas por llevar alimentos a sus hijos. Al grupúsculo mafioso le preocupa que haya una explosión social, cuando en realidad puede ocurrir una cadena simultánea de situaciones incontrolables.

Lanzar los tanques contra el pueblo para ahogar en sangre sus justas demandas sería esquizofrénico. Más aún: sería suicida. Recuerden Granada.

Ilustración: Diario de Cuba