¿Qué hay detrás y después del «asesinato» del general iraní por parte de EEUU?

No se puede solucionar un problema si no se comprende primero. Necesitamos entender que de las cenizas de la Guerra Fría surgió una nueva coalición de enemigos de las sociedades abiertas. Que son actores involucrados en lo que consideran una guerra permanente, inevitable e interminable contra los regímenes liberales y el orden mundial que surgió después de la caída de la URSS.

En menos de tres décadas, los conflictos y las doctrinas de guerra han sufrido una transformación crucial que ha convertido en obsoletas muchas de las herramientas intelectuales, legales e institucionales que se forjaron en el siglo pasado. Esta transformación de la guerra, sus estrategias y tácticas, ha creado una brecha en los conceptos tradicionales propios de este campo. Los debates sobre el reciente ‘asesinato’ del general iraní Qassem Soleimani evidencian este hecho.

Si dejamos a un lado la inevitable polarización partidista, sea en apoyo o rechazo de la decisión de Trump de eliminar a Soleimani, las discusiones sobre el tema tienden a basarse en algunas premisas y suposiciones que fueron válidas en el siglo XX, pero no son ya relevantes ante el conflicto global de hoy.

Rechazar la decisión de tomar represalias contra Soleimani sobre la base de que ahora podría comenzar una «escalada» de eventos hacia la «guerra» es inexacto. Primero, Irán se considera en guerra contra el Gran Satán y no se limita a una retórica agresiva, sino que la practica.

La escalada ha estado ocurriendo desde hace meses de forma unilateral, y la moderación mostrada por Washington cuando menos no la obstaculizaba.

Segundo, Irán, al igual que otros países y actores no estatales, ha estado utilizando un modelo de guerra diferente en esa confrontación: un nuevo modelo de conflicto que Soleimani contribuyó significativamente a construir en términos prácticos e intelectuales, en el que se exporta la violencia a través de terceros y se niega toda responsabilidad por lo que ocurre.

Tercero, la agresión iraní —y la participación en ella de Soleimani—, tiene una dimensión transnacional que va más allá del Medio Oriente. Bajo su dirección las acciones de Quds se extendieron a varios continentes. Soleimani fue el arquitecto y promotor de la exportacion del terror iraní. Los atentados, acciones militares y entrenamientos de terroristas locales realizados por el grupo elite Quds tuvieron como escenario no solo al Oriente Medio, sino a países de Asia, África, América Latina, Europa e incluso a EEUU.

 

Coaliciones enemigas emergentes

En la actualidad, los enemigos de la democracia en algunas sociedades autocráticas se consideran en guerra con las sociedades abiertas occidentales, en particular con los Estados Unidos. Para perseguir sus objetivos se asocian de forma flexible en coaliciones con otros estados y fuerzas afines. En el marco de esas alianzas, sus socios aportan –y a veces comparten– diferentes capacidades bélicas en aras de hacer avanzar sus objetivos en el conflicto común con Occidente. Algunos de ellos tienen armas de destrucción masiva (nuclear, biológica y/o química), instituciones de inteligencia eficientes y acuerdos de cooperación de larga data con grupos criminales y terroristas. Por esa razón, esta asociación presenta una amenaza inminente y clara a la paz y seguridad internacionales.

Ese frente común lo integran diversas coaliciones formadas por estados como Rusia, China, Irán, Corea del Norte, Cuba y Venezuela. Sus gobiernos se asocian estrechamente con actores no-estatales, como ocurre con las redes transnacionales de grupos terroristas y criminales en América Latina con Hezbolá, las FARC y el ELN colombianos. Pero estos países y las fuerzas no-estatales que los apoyan  saben que en una guerra convencional llevan las de perder. Es por esa razón que han construido un enfoque diferente y más flexible del conflicto, al cual han integrado lo aprendido de sus experiencias anteriores.

La idea central es usar a terceros para desarrollar ataques y focos de inestabilidad en distintos puntos del planeta al tiempo que niegan toda responsabilidad en su gestación. Este esquema se repite una y otra vez. Los rusos emplean tropas especiales mercenarias, los iraníes crean fuerzas terroristas satélites como Hezbolá, los cubanos grupos de solidaridad bolivarianos y así sucesivamente.

La nueva regla es que no hay reglas

Los expertos han acuñado diversos términos para intentar caracterizar estos nuevos enfrentamientos a las sociedades abiertas. Se les denomina guerras «infinitas», «asimétricas», «híbridas», «no lineales», «de zona gris», «sin restricciones». Las distingue una combinación flexible y oportunista de medios híbridos para abarcar simultáneamente varios campos de confrontación, sea el militar, de información, ciberespacio, propaganda, espionaje, cultural, étnico, terrorista, o criminal.

Irán, Soleimani y Cubazuela

El debate partidista miope sobre la muerte de Soleimani también se refleja en la forma en que se pasan por alto las actividades que este militar iraní dirigía a través de Hezbolá y Quds en regiones como América Latina.

Tal omisión refleja en parte  ignorancia sobre la existencia del nuevo conflicto global contra Occidente —que no se limita al mundo musulmán ni al Oriente Medio—. Mientras Hezbolá controla hoy territorios y participa en actividades ilícitas dentro de Venezuela (como la minería ilegal y el narcotráfico), las fuerzas de Al Quds de Soleimani estuvieron involucradas en ataques terroristas contra las comunidades judías en la región e incluso en un intento fallido de matar al embajador saudí en Washington. Sus ideas y experiencias también influyeron en diversas latitudes.

El pasado año Cubazuela comenzó una contraofensiva para coordinar fuerzas radicales y criminales en varios países, como Chile y Ecuador, a fin de hacer explotar —y así poder desestabilizar—  las vulnerabilidades y errores de estas democracias.

Esta guerra híbrida emergente está diseñada y coordinada por La Habana, implementada principalmente desde Caracas, y ha contado con la cooperación de Irán a través de Hezbollah. No es descartable que el tema de la subsiguiente desestabilización de Ecuador, Colombia y Chile se incluyera en las conversaciones con el primer ministro de Rusia y el jefe de la Comisión de Seguridad Nacional de ese país cuando realizaron sendas visitas a La Habana en la primera quincena de octubre.

A Cubazuela, Irán y Rusia les conviene gestionar conflictos de forma indirecta, sea en América Latina, el Oriente Medio o Europa Oriental. Es una suerte de actualización de la consigna guevarista de «crear dos, tres, muchos Vietnam». Ello incluye la negación plausible de responsabilidad por lo que ocurra, como la que concedió a Cuba Ernesto «Che» Guevara en su carta de despedida, donde libraba a la Isla «de toda responsabilidad» por sus futuras acciones.

Por el momento, es improbable que a estas horas en La Habana y Caracas se esté pensando cómo vengar mejor a su entrañable amigo, el general iraní Qassem Soleimani. Es más probable que compartan a sotto voce la preocupación de que era superficial y apresurada la idea de que Trump «ladraba pero no mordía».

Las tendencias en geopolítica dependen de la percepción que el enemigo tenga de nuestro poder y sobre todo, de la decisión de usarlo a plenitud. La prudencia y restricción son buenas, solo cuando el adversario las valora como gestos positivos y no como reflejos de temor. La búsqueda de prudencia que en el último minuto quiso mostrar  Kennedy en Bahía de Cochinos —abandonando a su suerte a la Brigada 2506— abrió la puerta a la instalación de cohetes nucleares apenas meses después.

No siempre es evidente el vínculo entre acontecimientos dispersos en diversos puntos del planeta.  Eso queda a la especulación de cada analista. Pero desde que en Venezuela nada sucedió en febrero del pasado año, los enemigos de EEUU parecieron envalentonados, desde Corea del Norte hasta Irán. Sus acciones se volvieron más temerarias. Nos guste o no, su lógica no es la nuestra. Buscan signos de temor y elevan sus apuestas.

Los que se preguntan por todas las consecuencias imaginables de parar en seco a un enemigo, debieran cuestionar también cuál es el precio de dejarlo actuar indefinidamente sin mayores consecuencias. Desde febrero de 2019 llovieron cohetes de Hamas sobre Israel; Corea del Norte esquivó los diálogos con Washington y reinició sus pruebas balísticas; Irán atacó las instalaciones petroleras de Arabia Saudita y barcos en el Estrecho de Ormuz; se investiga la presencia de miembros de la Unidad Especial 29155 del GRU ruso durante los periodos de disturbios en Francia y Cataluña; cubanos y venezolanos fueron identificados y expulsados de Ecuador, Chile y Bolivia por sus actividades durante las violentas protestas ocurridas en esos países.

La liquidación de Soleimani ha enviado un mensaje fuerte y claro a los enemigos de EEUU en todas partes, no solo en Irán. Si no cambian su lógica, es muy probable que transformen lo que para ellos ha sido ahora un desastre en una genuina catástrofe. Apostar a la pasividad de un presidente norteamericano —que ha demostrado ser impredecible y rupturista— en el año en que se juega la reelección es una fórmula temeraria, si no suicida.

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