La sociedad cubana avanza aceleradamente hacia una crisis de magnitud inmensurable. Un genuino cataclismo se vislumbra en el horizonte inmediato. No es más de lo mismo. No es un «Periodo Especial». Eso era lo que se acercaba antes del coronavirus. Esta vez el sistema, tal y como se le ha conocido hasta hoy, enfrenta una crisis existencial.

Los historiadores y analistas acostumbran emplear el concepto de «cisne negro» cuando aparece  un factor nuevo, inesperado e influyente en escena. Algo cuyo surgimiento siempre era «posible», pero demasiado «improbable» como para poder hacer pronósticos basados en esa eventualidad. La Habana ha sido impactada por dos cisnes negros en menos de cuatro años: el ascenso a la presidencia de Donald Trump y la pandemia del coronavirus. Pudieran también representar dos jinetes del Apocalipsis a los que parece sumárseles un tercero: la combinación de un colapso energético nacional con una hambruna generalizada.

El coronavirus acelera la decadencia y fin de la corona del clan castrista. Pero el final del régimen tal y como lo hemos conocido no supone que, de manera automática, los mejores deseos de democracia, libertad y prosperidad se materialicen al corto plazo. El resultado probable de esa combinación letal apunta en lo inmediato en varias direcciones, no necesariamente democráticas.

Una —irónicamente la más conservadora— sería una transformación radical del sistema o régimen de gobernanza económico, empujada por aquel sector de la burocracia civil y militar no comprometido directamente con la economía mafiosa. Su probable opción sería evitar el derrumbe general mediante el levantamiento del bloqueo interno a la economía privada y al mercado. Eventualmente podrían acompañar esas medidas económicas con otras políticas de apariencia democrática, pero muy restrictivas.

Otro desenlace —el más radical—  podría ser empujado desde abajo por diferentes grupos de la sociedad hasta culminar en el colapso del sistema junto a la caída del actual Gobierno.

Pero mientras la gerontocracia continúe intentando prolongar su poder casi toda la población sería pobre o miserable, ya que ni siquiera tener divisas aseguraría los insumos de la canasta familiar y medios básicos de subsistencia. Sin combustible se paralizan servicios básicos de transporte, acueductos y otros que retrotraerán el paisaje urbano al de una ciudadela medieval.

Sobra decir que entre esas posibles salidas a la crisis existe una cantidad inmensurable de combinaciones. También pueden materializarse otras circunstancias en las que participarían fuerzas externas. Eso parecía hasta hace poco otro improbable cisne negro, pero es cada vez más factible en el actual contexto de contubernio de las elites de poder de Venezuela y Cuba en actividades criminales.

La que tiene escaso o nulo potencial para materializarse es el objetivo que hoy promueve la elite de poder cubana haciendo uso de su aparato de influencia, propaganda y desinformación: lograr que la Administración Trump levante las sanciones al Estado cubano. La oferta que hoy desean obtener, todavía a cambio de nada, es la que Fidel y Raúl Castro hicieron fracasar cuando ese ramo de olivo les fue ofrecido por Ford, Jimmy Carter, Ronald Reagan, Bill Clinton y Barack  Obama. Las respuestas castristas fueron las guerras en Angola, Etiopía, el éxodo del Mariel, la guerra en Centroamérica, el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, y la creación de Cubazuela, primer Estado mafioso y terrorista transnacional del hemisferio occidental.

Quienes se dejen seducir por la engañifa de ese canto humanitario contra el embargo comercial de un país extranjero, deben primero acudir a la Plaza de la Revolución a exigir que levanten el bloqueo interno contra la economía ciudadana.

Pero, adicionalmente, es necesario recordar que las circunstancias actuales de esta crisis son totalmente diferentes. La población no solo sufre penurias sino también peligra su vida aun si evitase «meterse en política». No puede emigrar pero puede acceder a información en sus tres millones de celulares.  El líder histórico ha muerto y su hermano ha convertido el desastre heredado en genuina catástrofe. Los delfines designados por dedazo son un hato de incompetentes y mediocres con poder limitado y sin legitimidad histórica o democrática. El pacto social del totalitarismo —sostener servicios públicos de salud y educación a cambio de consentir la supresión de derechos políticos y civiles— se ha desmoronado.

A ese escenario, agréguese ahora esta pandemia con servicios de transporte, agua, salud y sanidad colapsados, distribución de medicinas y alimentos en crisis, y un sistema funerario sin recursos. Tétrico.

Resolver el problema de Cuba es un asunto que debemos resolver los cubanos. La causa del problema —como ha demostrado la historia de estos 60 años— radica en la elite de poder mafiosa, insensible e incompetente atrincherada en La Habana. No en el presidente de turno en la Casa Blanca.


Publicado originalmente en Diario de Cuba
Ilustración de Diario de Cuba