La censura de un documental inscrito en la Muestra de Cine Joven de Cuba le ha explotado en las manos al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, ICAIC, al ofrecer una resonancia inesperada a la cinta Sueños al Pairo, que revela algunos de los aspectos más siniestros del castrismo.

El documental de José Luis Aparicio y Fernando Fraguela comenzó intentando rescatar la figura de un gran músico cubano que emigró a EEUU, Mike Porcel.

Mike Porcel, Guitarrista, cantautor, compositor de música para teatro, actor él mismo, orquestador y fundador y director del emblemático Grupo Síntesis fue condenado a no salir del país por 9 años

Guitarrista, cantautor, compositor de música para teatro, actor él mismo, orquestador y fundador y director del emblemático Grupo Síntesis, Porcel tiene que haber sido descubierto por Aparicio y Fraguela, 40 años después de su desaparición de la escena cultural cubana, a través de canciones suyas que intérpretes osados siguen cantando en la isla como Ay, del Amor, Esa mujer que llega y Diario, que presta  el título al filme con uno de sus versos: “Vivo con mis sueños al pairo, así, como siempre”.

Pero la indagación de los cineastas, a quienes se dio acceso a los archivos fílmicos del ICAIC y que se comunicaron con el músico cubano en Miami, abrió a estos jóvenes una ventana sobre un pasado que no vivieron pero que tiene demasiados elementos comunes con el opresivo presente.

En 1980 Porcel decidió irse de Cuba por el puente del Mariel. Nunca fue del agrado de los dirigentes de la Unión de Jóvenes Comunistas que atendían el ya entonces dócil Movimiento de la Nueva Trova. Cuando ganó el concurso para la canción tema del Festival de la Juventud y Los Estudiantes de 1978, le encargaron otra a Silvio Rodríguez. Pese a la excelencia de su obra y su nivel interpretativo, no le dejaban grabar un disco, y le programaban para cantar en lugares alejados y sin público.

Su decisión de ejercer su derecho universal de vivir donde le placiera fue el comienzo de una larga odisea revelada por el documental, y que incluyó muchos de esos elementos perversos que mencionábamos.

Uno de los execrables actos de repudio desencadenados en Cuba ese año de 1980, como una recombinación castrista de la Revolución Cultural china y los pógromos fascistas, se escenificó frente a la casa materna de Porcel, duró una semana y contó con la participación de sus excompañeros de música, instigados por el cantautor Silvio Rodríguez. (algunos se han arrepentido, otros no). Los realizadores del filme desempolvan crudas imágenes de archivo de uno de aquellos “actos de reafirmación revolucionaria”, como los llamó el oficialismo.

Luego vino la cruel medida de privar al músico de lo que más quería: recibió el kafkiano modelo C-8 del Ministerio del Interior comunicándole que “por ahora no puede salir del país”. Y esta fue seguida por la de convertirlo en una no persona durante nueve años, en los que Porcel vio virtualmente interrumpida su carrera y se ganó la vida tocando en iglesias católicas. Solo sus declaraciones en 1988 ante una delegación de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU que visitó Cuba consiguieron que le levantaran el veto.

Fraguela y Aparicio han tenido el valor de mostrar, quizás por primera vez sin rodeos en el cine cubano, al responsable de la barbarie, de la que Mike Porcel fue solo una de las víctimas. Han tomado audios o imágenes de discursos de Fidel Castro descargando su intolerancia primero contra los jóvenes “elvispreslianos” (el rock estuvo por muchos años prohibido en Cuba) y luego contra las decenas de miles de cubanos que en el 80 se atrevieron a expresar su intención de irse (solo por Mariel abandonaron el país 125.000 en unos meses; en 1994 lo hicieron en balsas otros 35.000)

El documental ha generado una encendida polémica en ambas orillas del Estrecho de la Florida, pero el asunto no debe verse como historia antigua, sino como raíz y metáfora del presente. Todavía los actos de repudio son una herramienta de la Seguridad del Estado; todavía los artistas contestatarios y todos los que disienten o critican son reprimidos, se les prohíbe expresarse libremente y viajar, se les encarcela, amenaza y hostiga; se les expulsa de sus trabajos o escuelas.

El castrismo sin Fidel Castro, aunque más atribulado y desacreditado que en 1980, sigue siendo igual de intolerante y de siniestro. Es muy saludable para Cuba que, a pesar de 60 años de adoctrinamiento, haya jóvenes cubanos que puedan indagar bajo su piel de oveja, y estén dispuestos a desenmascararlo como el lobo que todavía es.