La semana última el régimen cubano dio a conocer la petición fiscal de nueve años de prisión con la que intentará librarse por un tiempo del líder de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), la mayor organización opositora del país.

Es sabido que en Cuba no existen jueces de instrucción, de modo que quienes instruyeron la causa contra José Daniel Ferrer y recomendaron las largas sentencias contra él y tres de sus seguidores fueron los mismos oficiales de la Seguridad del Estado que la fabricaron.

Para justificarlo urdieron una historia tremebunda en la que les atribuyen a estos luchadores pacíficos por la democracia hechos de secuestro, golpizas y torturas como los que enseñan y ordenan los oficiales de contrainteligencia del contingente interventor cubano contra opositores y militares disidentes en Venezuela, según lo ha documentado en un reciente y pormenorizado informe el prestigioso Instituto Casla, con sede en Praga.

Ferrer, un ex preso de conciencia reconocido por Amnistía Internacional, miembro del Grupo de los 75 civilistas condenados a paquidérmicas sentencias durante la internacionalmente repudiada Primavera Negra del 2003, no podía ser acusado esta vez de Delitos contra la Seguridad del Estado o bajo la llamada Ley Mordaza, sino que era menester inventarle a él y sus compañeros una causa común para desacreditarlos, y confundir en lo posible a la opinión nacional e internacional.

Esta es una de las facetas de la transformación en los métodos represivos apuntada a fines de 2019 por Foundation for Human Rights in Cuba, que busca reducir mediante subterfugios como este las cifras de presos y detenidos políticos.

Expertos como el abogado de la consejería independiente Cubalex Julio Ferrer han señalado las incongruencias e imprecisiones en la acusación fiscal, así como irregularidades en el procedimiento que en un país bajo un verdadero imperio de la ley invalidarían el proceso. En Cuba, sin embargo, la ley se utiliza para maquillar con visos de legalidad la arbitrariedad.

Lo que prueba la farsa judicial contra Ferrer y sus hermanos de lucha es que el gobierno tiene miedo. Hasta ahora la UNPACU había sobrevivido al acoso, las amenazas, los registros y decomisos, las infiltraciones, las detenciones breves y las sentencias a prisión de varias decenas de sus miembros. Todos los esfuerzos por desarticularla habían fracasado. Mas los altos oficiales de Enfrentamiento al Enemigo en la Sección 21 de la Contrainteligencia no habían decidido pasar a la fase última de “Neutralización” a como dé lugar.

Sucede que el momento es muy tenso en la isla, al juntarse la tormenta perfecta de la disfuncionalidad del sistema, la crisis venezolana y las medidas que ha adoptado y sigue adoptando la administración Trump para sancionar a La Habana por los abusos cometidos en Cuba y, bajo su intervención colonial, en Venezuela.

Tan tenso que podría ser demasiado tarde. En las calles cubanas alguien con suficiente ingenio para identificarse en las redes sociales con las máscaras de Dalí del éxito televisivo español La Casa de Papel ─que miles de cubanos vieron mediante la iniciativa privada  de información y entretenimiento conocida como “El Paquete”─ ha embadurnado con sangre de cerdo  bustos del prócer José Martí  ─ manipulado por la propaganda oficial como autor intelectual del asalto al cuartel Moncada, ideólogo del castrismo  y enemigo de los Estados Unidos─  e imágenes del difunto líder máximo e instaurador de  la dictadura de más de 60 años.

Las autoridades anunciaron que detuvieron a los “Clandestinos”, pero días más tarde hechos similares ocurrieron en Santiago de Cuba.

En los últimos tiempos de profundización de la crisis los hastiados cubanos han protagonizado protestas espontáneas, bloqueando calles para reclamar servicio de agua, solución a una fosa desbordada o, en la estela de un derrumbe, una vivienda digna. Es en esa tensa situación que el gobierno ha decidido enviar a prisión a José Daniel Ferrer y sus compañeros.

Es también un escenario en el que la simplicidad y atractivo de la protesta de “Clandestinos” podría convertirse, como reacción en cadena, en el “Todos a una” de Fuenteovejuna, en una incontrolable llamarada demasiado cerca del barril de pólvora.