El gobierno de Cuba pretende cantar victoria por haber impedido manifestaciones similares a las del pasado 11 de julio ante la convocatoria del grupo Archipiélago a una realizar marcha cívica este 15 de noviembre. El canciller Bruno Rodríguez la calificó de “operación fallida”, alentada por Estados Unidos. Pero La Habana sabe que, hiciera lo que hiciera, el día de la marcha iba a sufrir pérdidas. Peor aun: comenzó a perder su batalla contra la sociedad civil en las semanas que precedieron al día 15.

Como señala este martes desde la isla el jefe de redacción del diario digital independiente 14ymedio, Reynaldo Escobar, la represión “ha resultado efectiva solo porque se lograron mantener las calles vacías a golpe de terror. Para ello fue necesario la movilización de miles de efectivos en todo el país, poner a disposición cientos de vehículos y realizar innumerables gastos en logística”.

Debido a que las escenas de la represión del 11-J los confirmaron ante el mundo como una brutal dictadura, esta vez los bates de las Brigadas de Respuesta Rápida y las tonfas de la policía y los boinas negras estuvieron en el trasfondo, en lugares sensibles como el Malecón habanero. Era el plan B, por si las amenazas, las condenas de cárcel a los manifestantes del 11-J y la militarización de las ciudades durante casi dos meses no lograban el efecto deseado de retener en sus casas a la población descontenta.

Si Archipiélago se había propuesto ganar la batalla política con el menor costo posible de víctimas de la violencia física estatal y paramilitar, en la jornada del lunes lo consiguió.

Para el plan A el gobierno recurrió a la ficción del “pueblo enardecido”: la manida farsa de llevar desde otros lugares en autobuses a una chusma entrenada por la Seguridad del Estado ─incluidos presos comunes liberados con ese fin─ a asediar los hogares de los animadores de la marcha pacífica.

Una de las moderadoras de Archipiélago, Saily González, observó en su transmisión directa por Facebook que, salvo tres vecinos de su barrio, no reconoció a nadie más entre los que sitiaron su vivienda. Lo mismo sucedió con la turba que amenazaba a la familia García: ningún vecino formaba parte de la tropa del “pueblo enardecido “.

Eso lo vio y escuchó todo el mundo, porque como parte del control de daños del 11-J se vieron obligados a mantener la internet, o a cortarla selectivamente, como sucedió con 14ymedio.

Del mismo modo que todo el mundo pudo ver cómo llegaba una turba el domingo 14 a la puerta de Yunior García para advertirle que no le iban a dejar marchar ese día. Si esta vez trataron de disimular los garrotes de la dictadura brutal, igual asomaron la oreja lobuna del Estado policial intolerante.

Los funcionarios seguirán pretendiendo una victoria sobre la sociedad civil que en realidad fue una estrepitosa derrota del gobierno. El movimiento por el cambio en la isla logró con la convocatoria del 15N que los ojos del mundo se continuaran enfocando después del 11 de julio en Cuba.

Hasta los más reacios a cualquier crítica hacia el gobierno cubano, como el canciller europeo Josep Borrell, tuvieron que mover ficha. Por primera vez ofrecieron su solidaridad personalidades de la cultura como el polifacético artista panameño Rubén Blades, el cofundador de La Nueva Trova, Pablo Milanés y hasta el afamado pianista Chucho Valdés.

Otra consecuencia transformadora: Archipiélago logró que se galvanizara en su apoyo ─y en la denuncia de los represores─ la diáspora cubana en más de un centenar de ciudades, no solo en Estados Unidos, sino desde Valencia y las Baleares hasta Brasil, desde Berlín, Fráncfort o París, a Ciudad México.

Un genial diseño sobre la jornada muestra una tonfa (bastón) policial de cuyo extremo brota una rosa blanca, el símbolo del 15N. Como cuentan que dijo Galileo Galilei, cuando la Inquisición lo amenazó con torturarlo para que desistiera de afirmar que la Tierra giraba en torno al Sol: “Y sin embargo, se mueve”. También se movió Cuba, hacia la democracia, el 15N. Y a nadie le quepa duda, se seguirá moviendo.

Por Rolando Cartaya