La decisión de colaborar con la justicia española del ex jefe de inteligencia de Hugo Chávez, “El Pollo” Carvajal, está echando nueva luz sobre la empresa criminal conjunta bolivariana que tiene en Venezuela su principal fuente financiera y en La Habana su mente maestra y facilidades operativas.

Decidido a evitar su extradición a Estados Unidos, donde se le busca por el envío a través de México de 5,6 toneladas de cocaína y otros tres delitos, todos punibles con cadena perpetua, “El Pollo” trata de demostrar que posee un tesoro de información ─que asegura puede probar─ muy útil para España. Y es posible que lo logre. Entre las revelaciones que le ha hecho al juez de la Audiencia Nacional Manuel García Castellón detalló cómo dinero desviado de la petrolera estatal venezolana PDVSA se usa, entre otros fines, para financiar en varios países de América Latina y Europa a grupos sociales, partidos y movimientos afines a La Habana y Caracas.

Una de tres vías por las cuales habría recibido cientos de miles de dólares el partido de extrema izquierda español “Podemos” es Cuba. Según reporta el diario “El Debate”, el ex cancerbero de Chávez afirma que la agrupación ibérica recibió pagos de un fondo rotatorio de 200 millones de dólares con sede en La Habana. Dicho fondo se nutriría continuamente de la venta de excedentes del petróleo venezolano en el mercado negro. Para justificar el dinero, “Podemos” habría recurrido al mismo expediente utilizado por otras organizaciones políticas, grupos criminales y organizaciones terroristas: pasar facturas a precios inflados por bienes o servicios fantasmas.

Expertos en la industria del petróleo han documentado cómo Chávez regalaba a La Habana embarques de crudo que en los años del último boom petrolero ni siquiera tocaban puertos cubanos, sino que eran revendidos para ganancia del régimen castrista. La misma política ha seguido Nicolás Maduro, aun al costo de afectar el suministro interno de combustibles en Venezuela.

Pero ese y otros dineros procedentes de PDVSA no se invierten en suplir las carencias del pueblo en países como Cuba, Venezuela y Nicaragua, sino en enriquecer a las clases gobernantes mediante inversiones “legales” (hoteles, campos de golf, marinas) negocios ilegales (narcotráfico, venta encubierta de petróleo y oro, lavado de dinero) y apoyo ilegal a partidos y organizaciones de otros países con posibilidades de acceder al poder democráticamente y socavar la democracia. Con tales fines estas oligarquías mantienen también alianzas con grupos terroristas y bandas criminales.

Acerca de cómo el petróleo venezolano ha ayudado a los bolivarianos a destruir la democracia en América Latina, el politólogo boliviano Carlos Sánchez Berzaín dice en su ensayo “El crimen organizado castrochavista en las Américas” que la entrega del petróleo, el dinero y Venezuela entera a Fidel Castro le permitió a éste conspirar para la caída de los presidentes Fernando de la Rúa en Argentina; Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez en Ecuador; y Gonzalo Sánchez de Losada en Bolivia, para después aupar a gobiernos simpatizantes como los de los Kirchner en Argentina, o a gobernantes con instrucciones de retener el poder a cualquier costo, como Evo Morales en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua y Rafael Correa en Ecuador.

Del famoso maletín con 800.000 dólares no declarados que le ocuparan en Argentina en agosto del 2007 a un empresario venezolano, “El Pollo” Carvajal dijo al juez García Castellón que ya entonces se habían producido “veinte vuelos antes, de un millón de dólares cada uno, sin contratiempos”.

A partir de entonces, dijo el exmilitar venezolano, “se ha ido afinando el método” de los pagos irregulares procedentes de las mordidas del negocio clandestino del petróleo venezolano en Cuba, pues la distribución que inicialmente se articulaba a través de las embajadas de Venezuela, hoy se hace “directamente desde Cuba a Colombia, España… o donde tengan que mandarlo”.

Hugo “El Pollo” Carvajal sabe mucho más de lo que a los Castro, Maduro y Ortega les conviene. Los presidentes democráticos de América Latina deberían escucharlo y, al menos, tomar nota.

Por Rolando Cartaya