El pasado viernes 7 de octubre el Premio Nobel de la Paz 2021 fue otorgado a los periodistas Maria Ressa, de Filipinas, y Dimitri Muratov, de Rusia, «por sus valientes esfuerzos para defender las libertades de expresión e información”.

El Comité Noruego del Nobel reconoció así por primera vez la importancia de las libertades de expresión e información como una “condición previa para la democracia y la paz duradera”, pasando por alto a favoritos como la Organización Mundial de la Salud, el opositor ruso Alexei Navalny, la bielorrusa Svetlana Tijanovskaya, y la activista contra el cambio climático Gretha Thunberg.

La decisión tiene que haber molestado, además de a los gobernantess autoritarios Rodrigo Duterte y Vladimir Putin, a otros enemigos de la prensa libre, incluido el régimen de Miguel Díaz-Canel en Cuba. En su informe 2021 sobre la Libertad en el Mundo la organización Freedom House señaló que en el ámbito mediático cubano, uno de los más restrictivos del mundo, los periodistas independientes son constantemente asediados, detenidos, interrogados y difamados, y tienen que enfrentar cargos como “usurpación de capacidad profesional”. En su reporte mensual de septiembre la Asociación Pro-Libertad de Prensa informaba desde la isla que seis reporteros alternativos permanecían en prisión o reclusión domiciliaria.

Pero para el gobierno cubano el golpe más fuerte recibido del fallo 2021 del Nobel de la Paz fue el desvanecimiento de su más reciente sueño de humo: verlo otorgado a sus brigadas de médicos esclavos “Henry Reeve”, especializadas en epidemias y desastres.

Desde principios del 2020, a pesar de la aparición del Covid-19 en la isla, La Habana comenzó a desvestir a un santo para vestir a otro, sacando del sistema de salud pública nacional a 4,982 médicos para enviarlos a enfrentar el Covid-19 en el extranjero, una operación aparentemente humanitaria con intenciones políticas y de lucro. Mientras, en la isla, oleadas de cubanos contagiados con el virus chino eran atendidos a duras penas por médicos insuficientes, estresados por la sobrecarga de trabajo y la carencia de recursos.

Paralelamente, en función de que se les otorgara el Nobel de la Paz a las Henry Reeve, el aparato diplomático y de inteligencia castrista movilizó a entidades y personalidades simpatizantes como Code Pink, el Comité Internacional Lula Libre, la empresa francesa de viajes Cuba Linda, los periodistas Salim Lamrani e Ignacio Ramonet y el actor de Hollywood Danny Glover.

El objetivo debía ser devolver a sus contingentes médicos, mediante el prestigio del galardón, el título de campeones del humanismo y la solidaridad, una especie de oso panda simpático e intocable que venía siendo despojado de su pelaje por sucesivas investigaciones de organizaciones como Prisoners Defenders, Archivo Cuba y Foundation for Human Rights in Cuba.

Dichas indagatorias, basadas en cientos de entrevistas con doctores participantes en las misiones y brigadas, revelaron las características de trabajo forzoso y trata de personas comunes tanto a las misiones permanentes como a estas brigadas, entre ellas el despojo de hasta el 90 por ciento de sus haberes, retención de documentos, aislamiento, largas jornadas de trabajo, vigilancia y castigos.

En el caso de las brigadas Henry Reeve, ya había el antecedente de las enviadas a Africa Occidental durante la epidemia de ébola. Varios participantes contaron a FHRC cómo les prohibían hablar con doctores de otras nacionalidades; cómo cuando ─para evitar contagiarse─ pidieron dar solo un acompañamiento digno a los moribundos, sus jefes de misión les obligaron a seguir atendiéndolos; y cómo les entregaban sólo 200 dólares de los 8.000 diarios que pagaba por ellos la Organización Mundial de la Salud.

Hace apenas un mes en México una investigación senatorial descubrió el pago de $12.5 millones de dólares al Ministerio de Salud Pública cubano por el envío de una brigada de 585 miembros por tres meses. Estos recibieron para todo ese tiempo un estipendio de 600 dólares per cápita, apenas el 3.3 por ciento del total desembolsado por la Secretaría de Salud de Ciudad México.

Los contundentes argumentos presentados sobre este esquema de explotación motivaron este año al Parlamento Europeo a condenar en sendas resoluciones sobre Cuba “las violaciones sistémicas de los derechos humanos y laborales cometidas por el Estado cubano contra su personal sanitario enviado a prestar servicios en el extranjero en misiones médicas”.

Ahora, también desde Europa, cae el otro zapato. Es bueno que el Comité Noruego del Nobel no se haya dejado llevar por los cantos de sirena de la propaganda castrista y haya podido distinguir que, debajo de la piel de ese simpático oso panda, se oculta un lobo hambriento y feroz.